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19 de abril de 2013

Reflexiones ciudadanas: Peatones porteños, ¿Para cuando la voluntad de cambiar?

Diego Adrián Fernandez - 19 de abril de 2013


Tormenta de bocinas nos despabilan a la fuerza a quienes, durante una típica mañana de trabajo en la Ciudad de Buenos Aires, nos trasladamos en el colectivo a cumplir nuestras obligaciones horarias. Las cabezas comienzan a girar para tratar de hallar la razón del parate en el tránsito, mientras el río de automóviles crece en caudal y el avance es apenas un poco más veloz que el andar de una tortuga.

¿Qué pasó? La respuesta aparece ante la vista: Una persona sobre el asfalto recibe la atención de agentes de la policía metropolitana, cuya patrulla bloquea parte del estrecho camino, a fin de proteger al transeúnte que aguarda a llegada de la ambulancia. Un auto particular detenido unos pocos metros más allá completa la imagen. Un accidente vial.

La bifurcación de Federico Lacroze y la Avenida Corrientes, justo en frente de la terminal de Trenes Urquiza, es un caos. La gran cantidad de vehículos y colectivos atesta el paso, y las bocinas ya pierden sentido. Finalmente, con un poco de paciencia, el colectivo logra escapar de la congestión vehicular.

De manera instantánea, mi mente comienza a procesar, y una serie de preguntas, ya clásicas, invaden como un torbellino mi cabeza, para esfumarse sin muchas más respuestas que la  sensación de indignación mezclada con la resignación, apenas interrumpido por un leve rayo de esperanza que cree que, todavía, podemos cambiar.

¿Por qué nos lamentamos, quejamos y molestamos ante la gran cantidad de accidentes que los medios nos exhiben día a día, y cada vez nos manejamos peor? ¿Acaso seremos mucho más masoquistas de lo que siempre pensé?

Esta introducción, detallada como si se tratase de un cuento, me ayudó a digerir lo que, en definitiva, es un típico escenario porteño: La ausencia total de precaución, el accidente y las consecuencias para el perjudicado, el/los otro/s protagonista/s, y quienes constituimos al entorno callejero.

¿Por qué nos cuesta tanto entender que en la vía pública hay que tener orden y respeto? No me interesa particularmente escuchar el gastado argumento que dice que, “en todos lados, hay un H.D.P. o irrespetuosos y desconsiderados”. ¡Los hay! Obviamente que los hay. Pero se puede lograr que sean “los menos” si nos comprometemos a respetarnos en las calles que transitamos todos los días.
Pero no. Parece que, realmente, no hay voluntad.

Cruzamos corriendo con el semáforo abierto para los autos, seguimos a la masa “que se manda” sin importar la aproximación peligrosa de un auto, o peor, un colectivo o camión. Bajamos del cordón, nos alejamos metro, metro y medio y no importa si es una esquina donde cualquier auto, en cualquier momento, girará hasta casi rozarnos en ese breve proceso.

¿Hacen falta más semáforos? Si, obviamente que si.

¿Hacen falta delimitar correctamente las sendas peatonales? ¡Claro que sí! Cientos de bocacalles no cuentan con las marcas que, de todos modos, muchos vehículos desconocen de manera alevosa, hasta casi asquerosa.

¿Hacen falta agentes de seguridad eficientes, veloces, atentos y firmes? Si. Es casi imposible ver como cualquier policía – sin importar de que fuerza sea – llame la atención o, peor aún, marque multa por pararse en la senda peatonal. ¡Es un delirio a esta altura que yo piense que eso pueda llegar a verse!
Ese accidente – cuyo final naturalmente desconozco – es solo un ejemplo más.

Esta especie de “descargo o desahogo” no incluye comentar problemáticas que también nos aquejan y que son parte de nuestro entorno actual, como lo pueden ser la basura por doquier a toda hora, el tránsito asfixiante y la tensión que ello provoca o la infraestructura callejera deficiente. No, esas cuestiones, en esta ocasión, quedan relegadas.

Simplemente aspiro a distinguir un poco de respeto a las normas básicas de convivencia.
¡No soy hipócrita! Todos hemos cruzado con semáforo rojo, en el medio de la calle o avenida, o apurado el paso sin urgencia real que valga tanto la pena como para arriesgar la vida.

Pero si no comenzamos a cambiar la actitud desde nosotros, los ciudadanos comunes, los vecinos de todos los días, entonces mejor no soñar más despiertos, y resignar.

¿Esa es la actitud que debemos optar?

NO.

Podemos ser mejores como ciudadanos. Pero así como les pedimos – y con justa razón – a nuestras autoridades un poco de voluntad política en tantos y tantos aspectos deficientes de nuestra cultura política, también tenemos que mostrar voluntad para irradiar vicios que nos matan un poquito cada día. El granito de arena lo podemos aportar TODOS. Y enseñar con el ejemplo a nuestros hermanos, hijos, amigos, padres, y quien sea.

Nunca es tarde, ¿no es así?

Pero más vale algún día empezar.

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23 de agosto de 2011

El atolondrado y descuidado peatón argentino

Diego Adrián Fernandez - 23 de agosto de 2011

Las calles y avenidas de la Ciudad de Buenos Aires se presentan como pequeños canales de peligrosa y acelerada corriente, cuyas orillas, apenas distanciadas por unos metros, pueden convertir a un simple cruce en una travesía donde la prudencia es un concepto inexistente y olvidado.

Innegable es la falta total de responsabilidad del argentino en general al momento de conducir su propio vehículo o de caminar las veredas que bordean una importante avenida, aunque en Capital Federal, la peligrosidad ya no es solamente patrimonio de las más importantes arterias que comunican los barrios, que tampoco discriminan a esta altura la “tranquilidad” de unas calles y la “densidad” de otras.

El peatón imprudente existe en todos los rincones. El modo de vida acelerado generó el maldito acostumbramiento de tener que correr – o en el mejor de los casos trotar – para alcanzar el otro extremo, como si la sencilla pérdida de 5 o 10 segundos implicase desperdiciar horas que podrían aprovecharse en cuestiones mas importantes que la misma salud física. El “ahorro inútil”.
Nadie dice que siempre hay que esperar pacíficamente al corte del semáforo. Hay situaciones en las cuales tranquilamente puede pasarse, previa observación minuciosa para asegurarse que ningún automóvil se acerca. Todo se basa en la prudencia.

Resulta totalmente innecesario detallar estadísticas y derrochar espacio en números, cuando las evidencias están a la vista de cualquier persona.

El “movimiento en masa” es visible en muchas esquinas del centro de la ciudad. Un individuo cruza sobre el asfalto confiándose que llegará al otro lado tranquilamente mientras “a lo lejos” se acercan autos y/o colectivos. Como animales detrás de su cuidador, en estampida, varias personas lo siguen valientemente, sin darse cuenta que los vehículos que aparecían en el horizonte deben disminuir la velocidad o tocar bocina para hacerlos correr como ganado porque intentan pasar en el momento en que tienen permitido pasar.
¿Hace falta llegar a eso? ¿Qué pasaría si, en un caso extremo e indeseable, alguien se resbalase o se le cayera algo? Mejor ni pensar en las predecibles consecuencias.

La gente no aprende que al pisar el asfalto se invade territorio que es exclusivo de los vehículos. Es muy riesgoso pero demasiado común el aguardar la llegada de un colectivo a 2,3 metros de la vereda, sin siquiera pensar que el medio de transporte por excelencia es un armatoste grande y pesado, y difícil de maniobrar – más allá que quienes lo manejan están especializados en el mismo. O deberían estarlo.

Ese error también sucede cuando el peatón, ansioso, quiere cruzar apenas corte el semáforo, olvidando que hay veces que la mala suerte nos destina un muy mal conductor que, o bien acelera para evitar el rojo, o frena en medio de la senda.

¿Los policías? Dibujados. No se aplican multas, sanciones ni aprensiones. Solamente cuando se encienden las cámaras y se abren los micrófonos.

Una de las más tristes caras del individuo en situación de peatón radica en su carencia de solidaridad y protección del otro. La velocidad que se respira también relega a aquellas personas que lamentablemente no tiene facilidad de movilidad, sea por estar en silla de ruedas, con bastón o ciegos.
Borrados del mapa para los encargados de la infraestructura de la vía pública, suprimidos por la sociedad. Tan triste como real. El desinterés esta a la orden del día.

Naturalmente, la base de todos los problemas y al mismo tiempo de todas las soluciones es la educación.
El aprendizaje desde chiquitos es fundamental para entender porque el argentino, y el porteño en particular, no posee la mínima capacidad de razonar por un instante cuando esta bien cruzar con el semáforo en rojo, y cuando no debe arriesgarse en poner en peligro su vida y la de los demás.
Lamentablemente, las notorias y profundas deficiencias que ostenta el ámbito educativo en cualquier sentido que se analice, impiden soñar con bases reales en una enseñanza vial completa y eficiente, que imparta la idea del respeto y la no subestimación a las rutinarias circunstancias que se repiten en las calles.
Y si encima la ley ni las normas de convivencia no se estimulan en su aplicación, o se imparten con severidad, entonces hay que continuar la vida creyendo que un día podemos esquivar a la fatalidad, o creernos corredores al volante y ángeles protegidos en las calles, que nunca generarán o protagonizarán un accidente.

Se debe practicar la “cultura de la prudencia y la responsabilidad, para uno mismo y hacia los demás”.
Con un poco de cabeza, sin que nadie deje de lado los pensamientos acerca del estudio, el trabajo y la vida en general, se podría lograr un serio avance y convertir a Buenos Aires, y al resto del país, en un lugar más seguro.

Pero sin voluntad concensuada y paciencia en el tiempo, muy difícil será de lograr. Esta en las autoridades, y en nosotros como sociedad, dar el puntapié inicial.

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